Cuento corto 3
VIERNES 11 pm.
-¿A qué hora nos juntamos? Pregunté distraido.
Al otro lado del teléfono, Rodrigo miró su reloj Omega Speedmaster –sólo para contemplarlo- y concluyó:
-Te paso a buscar como a las 11.
-OK, abajo en la esquina. Chao...
Más o menos esa era la rutina de los viernes en la noche, en aquel Santiago ochentero. A veces con toque de queda, a veces con apagones, pero siempre sin plata. Juntarse en la casa de algún amigo con video a ver una asquerosa copia de Missing, sintiéndonos super subversivos era un panorama bastante probable.
Me acuerdo, a propósito, de esa tarde en que me citaron en un punto cerca del Parque O’Higgins para verla en la casa de alguien que nunca conocí, más encima de pie, porque eran muchos los contactados, hacía frío y la copia no era subtitulada. Pero no importaba tanto. Ver a Jack Lemmon actuando en una película en que mencionaban la palabra Chile era impresionante. Chileii, así se escuchaba. Increíble.
Otra opción de viernes por la noche era juntarse a comer un sandwich en un lugar llamado Tarascón, que creo ya no existe. Ahora pienso en esos días en que sabíamos perfectamente que terminaríamos discutiendo sobre Pinochet y los detenidos desaparecidos, que para Carlos -uno de los parqueados históricos- era mentira y todos andaban en Europa, arrancados y mintiendo sobre los militares.
Antes de juntarse, la jornada implicaba terminar de ver sagradamente el combo del canal 11 ¿o era 9?, ya no me acuerdo, que traía Tres son Multitud y luego el Show de Benny Hill, unos capítulos ingleses de los setenta con una minas rubias medio desvestidas y ese guatón sátiro y seco para el schop. Imposible perdérselo. Imposible hacer otra cosa también. Luego, bajaba en ascensor y caminaba a la esquina de Moneda y Mac Iver y Rodrigo pasaba a buscarme. Siempre así. Viernes tras viernes, durante años.
Ascensor -11:05- me miro en el espejo y pienso lo mismo de siempre, lo mismo de cada viernes. Hoy día si que vamos a conocer unas minas –así, por arte de magia, por generación espontánea, producto de nuestro irresistible magnetismo- las invitamos unas cervezas, a lo mejor estudian y viven juntas y nos llevan a su departamento y seguimos chupando y tiramos como locos.
Mientras camino a la esquina, un tipo sale de la oscuridad, estira la mano y me pasa una tarjeta.
-Departamento con niñas, tan toas ricas, es limpio y barato. Con esto le dan un descuento o un favor extra...
-Lo miro, le digo yaahhh... gracias y meto la tarjeta al bolsillo. Sigo caminando y pienso en que a lo mejor me alcanzaría la plata y a lo mejor no son tan malas las minas, un viernes que fuera, un puto viernes... En eso, escucho de la vereda del frente un tipo que grita:
-Heeyyy Nelson, no le ofrezcai nada al flaco no veís que lo pasa a buscar un peladito...
Mientras escucho detrás la risa del Nelson, el peladito viene tranquilamente dando la vuelta en su volvo rojo modelo sesentayocho y me hace un cambio de luces... Cruzo rápidamente la calle y, más encima, el peladito abre la puerta desde dentro. Sólo tengo que entrar y sentarme.
-Hola compadre cómo estás...
-Rodrigo vámonos -le respondo- hundido en el asiento y mirando fijo adelante. De reojo veo por el espejo lateral como el Nelson y el otro se apretan la guata de la risa. Como cada viernes seguramente.

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